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Any y su mamá

Escrito en Confesiones por Relatos Eroticos el Lunes 24 Julio 2006 a las 7:55 pm

Any tiene que volver a Santa Fé. Va a viajar con vos hasta Buenos Aires, ¿Sabés?- me dijo mi esposa, ese domingo de finales de enero de más o menos 6 años atrás, un rato antes de que emprendiera el regreso, luego de la visita  de ese  fin de semana en la Costa.

Laura y su madre Beatriz, estaban allí desde el 2 de enero y yo viajaba, en auto, todos los fines de semana hasta que, en febrero, tomaría mi licencia anual en el trabajo.

Ana Laura (Any) morocha, 1,75 mts, bonita de cara, físico agraciado, 26 años, abogada e hija del hermano de Laura, había ido a mediados de mes para visitar a la abuela y, pasar unos días en la playa, aprovechando la feria judicial que se terminaba y la obligaba a volver a su trabajo. A la hora de salida se presentó encajada de prepo en jeans negros y blusa ajustada que resaltaban los símbolos cada vez más excluyentes de la sexualidad femenina: culo  y tetas. Y ella los tenía generosos y pimpantes.

Todo bien. Yo, entonces de 45 años de edad, la había tenido alzada de pequeña  y en casa, en la Capital, estaba mi hijo menor de modo que no estaría solas con ella esa noche.

En el viaje si bien no pude evitar, alguna inquietud, cada vez que mis ojos se apartaban de la ruta la cosa no pasó de eso y de alguna fugaz erección.

Como sucede con frecuencia, lo previsto dista mucho de lo que realmente sucede: al llegar a casa, encontré una nota fijada con imán a la puerta de la heladera:

“Voy a pasar la noche en la casa de Claudio, en la heladera te dejé pollo y ensalada. Mañana nos vemos en la cena. Un beso Cesar.”

-          Bueno, vamos a cenar solos. – fue la obviedad que le comenté

“Y a dormir, también” pensé pero sin considerar la posibilidad de intentar ningún acercamiento. Más bien con la convicción de tener que controlar eventuales impulsos deshonestos.

Cenamos, hablamos sobre temas variados y acordamos que la despertaría a la mañana para llevarla a la terminal de ómnibus en Retiro.

-      Mejor, acostate en la pieza de Cesar que es más cómoda que las otras – le dije a modo de despedida.

Pretextando algo de cansancio, subí a la planta alta, me dí una ducha rápida y me acosté.

Ana Laura siguió mis pasos poco después. Escuché, cuando unos 20 minutos después salió del baño y entró en el cuarto de Cesar, al lado del mío. No percibí ruido de puerta al cerrarse.

Transcurridos unos minutos me llamó:

-     Tío, no puedo cerrar la cortina de la ventana. Está trabada, ¿me ayudas por favor? –

Me calcé el pantalón de pijama y fui. Estaba “vestida” con una camisa larga que no alcanzaba a cubrir del todo su bombacha. Se me aceleró el pulso.

Subí a una silla y destrabé la cortina de enrollar.

-   ¡Gracias tío!! – dijo y se dio vuelta como para buscar algo en el placard, dejando a  mi vista su trasero, redondo, casi irrespetuoso en esa redondez. Simétrico, relleno, pasmoso y disponible.

Fue más de lo que podía controlar, olvidé los propósitos de buen comportamiento, anulé la breve distancia que nos separaba y la tomé por ambas tetas y la atraje hasta pegar su cuerpo al mío.

-    ¿Que hacés, tíoooo??… ¡soltame! – pero no hizo el menor ademán de separar su culo  de mi bulto que luchaba por salir del pantalón.

Le besé en el cuello, sin soltar su teta izquierda y fuí bajando mi mano derecha hasta acariciarle la almeja por arriba del calzón. No atajó, con sus manos, la exploración de la mía en su entrepiernas

-          No podés hacerle esto a la tía!! – protestó sin énfasis.

-          A la tía, no le va a pasar nada. A vos seguro que si. –

-          A mi no. Yo sólo me acuesto con mi novio, ¿sabés? – rebatió tibiamente.

-    Pero el no está ahora y vos ya estas mojadita, nena. Cuando no hay pan, buenas son las tortas – se había dado vuelta y apoyado la espalda contra una  puerta del placard. Esquivó mis labios. Comencé a desabotonarle la camisa. Levantó ambas manos para detenerme:

-          Dejame…¡No quiero!..No que desnudés! –

Bajé entonces al calzón; soltó la camisa para impedir que se lo bajara.

-    Bueno, muñeca, ya me convenciste que sos una buena chica e hiciste lo posible para defender tu virtud. Ahora vamos a disfrutar, ¿Si? – Mientras le decía esto, le metí una mano debajo de la camisa y rodeé y acaricié su pecho. Eso pareció liberarla: aceptó el primer beso y, después de algunos “no” de práctica, dejó que mi mano restante se introdujera en la bombacha en procura de la cachucha, “transpirada”.

Perdió rápidamente las dos únicas prendas que vestía, la acosté y no ofreció resistencia cuando le abrí las largas piernas y comencé a lamerle y apretar con mi labios su abultado clítoris. Gimió complacida.

-          Fijate que en el cajón de la mesita de luz debe haber preservativos de Cesar. Si no, los tengo en mi pieza – le pedí ya urgido por cojerla.

-          Acá no hay –

Cambiamos de dormitorio, saqué un condón y se lo ofrecí:

-          Me lo pones, vos? – le propuse.

-    Me da “calor”!! Nunca lo hice – comentó, mientras rompía la envoltura. Si no mintió, el instinto le indicó como hacerlo de la mejor forma: se sentó en la cama, enfundó mi pija rígida, le pasó primero la lengua en la punta y luego se la metió en la boca y me dio una mamada que me puso a mil. Le saqué el juguete de la boca y la acosté de espalda. Con el embale que tenía se la puse de una hasta el fondo y seguí bombeando como un poseído mientras ella suspiró, se quejó, gimió, exigió:”¡¡dale no te quedes!! y al final, a la hora del climax, casi gritó “ sii tiiitoo,… ¡uy! tío,…síiii tíiiioooo… “.

Así se fue el primero.

La cojí tres veces más esa noche. La última vez, con el último aliento, ya de madrugada, la convencí que se pusiera en cuatro y luego de bombearla un poco por la cachucha, cambié de agujero y le hice ese culo alucinante que tiene. No lo inauguré, pero fue un placer superlativo.

Al día siguiente Ana Laura siguió viaje, como previsto, a Santa Fé.

En junio, del mismo año, viajamos mi esposa y yo a Santa Fé. Laura debía acompañar a la madre a una serie de chequeos médicos. Mi suegra ocupa la casa más cercana a la calle, mientras al fondo del terreno, en otra unidad de dos plantas, vive la familia de Ana Laura.

En la tarde del segundo día de nuestra estadía, ni bien salieron las dos mujeres, rumbo a una clínica, abrió la puerta de la cocina, que da al jardín posterior, Ofelia la madre de Ana Laura, que era Ana Laura algo añejada (más o menos de mi edad) es decir una “bestia” capaz de provocarle  erección a una momia egipcia.

-     Hola, Ofelia, ¿qué haces? – le dije a modo de saludo.

-          Así te quería agarrar, animal!!! Solo. – me increpó por toda respuesta.

-          ¡Epa! ¿Que hice para merecer tanta bronca? –

-          Ahh! ¿No sabés? Te culiaste a  la nena, pedazo de bruto! -

-          ¿A Any? Bueno, tampoco la violé; quedamos solos esa noche y no pude aguantarme estar con semejante mina y sin testigos….ella tampoco pataleó mucho que digamos…..ni diez minutos le duró el disfraz de figurita difícil…y disfrutó tanto o más que yo a la hora de tenerla adentro..-

Mientras le decía eso me fui acercando a Ofelia que retrocedió hasta que la detuvo la pared.

-          ¡Sos un boludo crecido!! ..que necesidad de aprovecharte de una jovencita como tu sobrina..¿Porque no buscas, para trampear, mujeres para tu edad?-

¿Me estaba provocando? Me pareció que algo de eso había:

-          ¡Tenes razón!….Pensándolo bien, ahora la situación es calcada a la de esa noche: estamos solos, y vos sos tanto o más linda que tu hija, tenemos más o menos la misma edad, decime ¿sos de patalear vos, si te apreto un poco? –

-          ¡No te hagas el vivo, eh! …Mirá que José está en casa. –

-          ¿Si? ¿Y que está haciendo? Si no me equivoco, a esta hora, suele dormir la siesta. Decime, ¿tiene sueño pesado tu José? – ya la tenía agarrada de la cintura.

-          No se…un poco….pero…¡soltame!..-

-          Bueno, vamos a ser prudentes, vení preciosa…dejame que te muestre como juego con las muñecas como vos.. y sin hacer mucho barullo,… -

La apreté a mi cuerpo y comencé a besarla por el cuello y, de a poco, llegué a sus labios. Dejó que la besara, le acariciara tetas, levantara la pollera y, primero el culo y luego la conchita recibieron la visita de mis manos. Ya ahí era ella que besaba con ansiedad. Hubo los acostumbrados “Noo” de compromiso, mientras, con las lenguas trenzadas y las manos ansiosas, nos íbamos arrimando a la cama del dormitorio más cercano. Se dejó caer de espaldas en ella y me facilitó el sacarle la bombacha, levantando levemente la cola.

Empezamos a coger como dos “angelitos”. Ofelia gimió y ronroneó como gata satisfecha. Acabó con un largo suspiro y los ojos dilatados de placer. Yo la seguí de inmediato, en éxtasis, vertiendo toda la leche en su cueva “incendiada”.

-          Sos un gran hijo de puta. Te vine a retar y vos me cojiste….Ni te preocupaste de

averiguar si podías acabarme adentro,..desgraciado! – protestó Ofelia, provocando un

principio de inquietud en mi.

Luego confesó que tomaba la píldora.

Tuve algunos otros “encuentros” con madre e hija. El primero el día siguiente, con Ofelia, en un telo para disfrutar la una del otro, sin los condicionamientos de potenciales interrupciones “complicadas”. Ofelia, sin limitaciones, es de la mejor que puede sucederle a un hombre en una cama.

Pero esas son otras historias de miserias humanas, que tanto deleitan a los humanos.

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