Como yogur natural, mmm…

Escrito en Gays por Relatos Eroticos el Jueves 3 Agosto 2006 a las 8:46 pm

Mi nombre es Uriel, de 23 años. Mi aventura ocurrió cuando trabajaba en un minisuper. Mi turno era a las 7 de la mañana donde trabajaba en el pequeño almacén de inventario del minisuper. Trabajaba yo sólo con mi compañero Juan, quien es mayor que yo y debo confesar que me fascina su cuerpo; es velludo, bien musculoso, con buen paquete y de tez clara. Yo tengo mejor cuerpo que el pues voy al gimnasio diario. Suelo vestirme con ropa demasiado ajustada pues tengo el cuerpo para lucirla.

Una mañana me levanté tarde para el trabajo, me dolía la cabeza pero aún así me levanté con prisa… Me puse lo primero que encontré y salí corriendo a tomar el autobús. Cuando estaba arriba noté que la gente me miraba extraño y me hacía sentir incómodo y no sabía por qué. Me bajé del autobús para tomar un atajo en unos callejones que daban con el minisuper y me detuve en una entrada con grandes espejos, pude descubrir porque la gente me miraba. Como me salí de mi departamento con prisa me puse lo que encontré a la mano del guardarropa: una playera azul que resaltaba mis brazos y mis pectorales y unos pantalones blancos bastante traslúcidos que usualmente suelo usar con una pequeña tanga tipo hilo dental del mismo color para que no se note. Pero esta vez olvidé ponerme esta diminuta prenda pues la había usado hace algunos días y en su lugar traía un slip muy pequeño con estampado a cuadros azules que se me notaba a simple vista. Era horrible eso, y lo peor era que desde que salí llevaba el slip bien metido entre las nalgas y como se nota todo era bien vergonzoso.

Corrí con mas razón al minisuper y bajé al almacén. Ahí estaba Juan, puntual y bien macho como siempre. Estaba checando unas listas de precios y me puso a cargar unas cajas pesadas. Me daba pena estar así frente a él pero por más que trataba de sacarme del culo el slip era muy difícil por lo ajustado del pantalón. Entonces seguí así esperando no lo notara, pero le pareció excitante a mi parecer. Mientras me agachaba para recoger las cajas hasta llevarlas a su lugar no me quitaba la vista de encima, me miraba con deseo y se acariciaba su paquete, que estaba creciendo dentro de sus pantalones con rapidez. Juan no pudo más y me preguntó:

- ¿Es cómoda la tanga que traes puesta?.

Me avergoncé mucho y mi cara enrojeció por lo que no contesté y seguí con lo mío.

- Se te ve muy bien, no sueles usarlas.

A lo que le conteste que no era tanga si no un slip que traía incrustadísimo en el culo. El se acercó a mí descaradamente:

- Me gusta que uses calzoncillos de marica. - y metió sus manos dentro de mi playera.

Me acarició y no me contuve, me di la vuelta, lo besé y lo desvestí por completo. El no traía ropa interior por lo que cuando baje sus pantalones su enorme pija saltó casi golpeando mi cara. Me quedé atónito pues medía como veinte centímetros. Me acerqué y comencé a mamársela. Su miembro olía fuerte, un olor a sudor de macho que me volvía loco. Lo hice duro y rápido, Juan presionaba mi cabeza hacia él y sentía que me ahogaba. De pronto me aventó de espaldas a unos costales, me quitó la playera besando mi musculosa espalda y me bajó con dificultad los pantalones. Después hizo lo mismo con el slip que cuando lo liberó de entre mis nalgas estaba húmedo con el sudor de mi culo. Juan comenzó a chuparme el culo, sentí su lengua muy dentro, yo gemí de placer pues cada vez que la metía me culo se hacía más ancho aunque seguía angosto. Sin que yo viera puso si enorme pija en la entrada del culo y sin lubricar ni nada me penetró de un golpe.

Solté un grito de dolor y excitación pues lastimaba bastante pero yo estaba excitado. La empezó a mover como todo un macho, bien brusco y yo sentía que me destrozaba el culo. Me decía puta cuando gemía y lo hizo cada vez más rudo y de repente me soltó. Comenzó a mamar mi pija que no era tan grande como la suya pero tenía su atractivo (17 cm). La mamó fuertemente por lo que al minuto provocó que me bajara toda la leche la cual se tragó como si se tratara de un trago de malteada. Me recargó en unas tarimas y siguió cogiéndose mi pequeño culo por buen rato. Cada vez sentía mas adormecido el culo pero estaba muy excitado. De repente sentí su verga como acero y bien gruesa; empezó a bajarle toda la leche. Me la escupió toda dentó de mi culo que ya estaba todo rojo e irritado. Tardó bastante en eyacular y fue bastante, sentí como si me hubieran arrojado todo un vaso de yogur natural, frío y pegajoso al culo. De repente tocaron la puerta principal, él se vistió rápido y se fue a atender. Yo también me vestí rápido y salí pero tuve la sensación pegajosa de su leche en el culo y en mi calzón. Llegando a casa me lo quité y tenía un olor a macho muy penetrante.

Desde ese entonces él dice que soy su puto o su puta y yo trato de provocarlo para que me folle sobre las tarimas.

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Mi culito: de coto privado a jardín publico

Escrito en Gays por Relatos Eroticos el Jueves 3 Agosto 2006 a las 10:48 am

Voy a relatar como, en una inolvidable noche de verano, mi joven y bonito traserito pasó a ser de disfrute publico… Quien ha leído mi relato anterior (El día que me llenó completamente) puede haberse dado cuenta cuanto disfruté recibiendo mi primer y abundante chorro de semen en mi trasero. Desde entonces los encuentros íntimos con mi amante-inculador se multiplicaron en intensidad pero no en numero y en frecuencia: por lo menos no tanto como mi joven y caliente cuerpo me pedía.

En aquella época tenia unos 19 añitos, era rubio, esbelto de figura, muy bien dotado y con un culo fantástico: además de todo esto estaba muy caliente y con el deseo constante de ser sobado, acariciado y penetrado por una buena polla. La única que conocía y que podía disfrutar por entonces era la de mi amante, un poco mayor de edad que yo: sin embargo debido a distintas circunstancias cada vez menos frecuentemente nuestras relaciones intimas tenían lugar. Los tiempos de espera se hacían interminables y desde 3 o 4 relaciones semanales pasamos a una por cada mes. Este deseo constante era tan intenso que llegaba hasta a ser un obstáculo por la preparación del examen de fin de curso que debía cursar por aquellas fechas. Era imposible concentrarse. Empecé a emplear consoladores de distinta naturaleza y tamaño para aplacar el hambre de polla de mi culo pero sin resultados apreciables: no era lo mismo que tener un buen miembro caliente clavándose totalmente. En estos accesos de excitación me encantaba desnudarme y mirarme al espejo: era increíble tener un culo tan hermoso y esperar durante horas, muchas veces en balde, que mi amante disfrutara con el y yo con su polla.

Decidí al final, con mucho miedo, dar el paso y conceder mi intimidad posterior a un hombre cualquiera, desconocido, entregándole aquellas nalgas tan bonitas en mi agujero aún angosto y estrecho. Seria también la prueba del nueve para saber si solo disfrutaba con el sexo de mi amante o si cualquier hombre me hiciese gozar introduciéndose dentro de mi. La verdad que, debido al largo tiempo transcurrido, mis recuerdos son algo borrosos y pido disculpas a por adelantado por las faltas de detalles de cuanto voy a relatar.

Era el mes de Junio del 1.978 cuando una típica noche de verano, templada por una ligera brisa, con todas las precauciones posibles para no ser visto, me fui a un parque notoriamente conocido por ser lugar nocturno de citas entre hombres. El lugar estaba totalmente oscuro pero, una vez acostumbrado a la oscuridad, pude distinguir muchas sombras paseando y alguna de ellas, en algún rincón más apartado, unidas y semidesnudas. Sentado en uno de los bancos de piedra que había distinguí una figura vestida de blanco: era un chico joven que pareció mirarme con interés al pasar delante de el. En el recorrido de vuelta, volviendo a pasar, a señas, me invitó a sentarme a su lado. La verdad no me acuerdo ni siquiera de su cara pero debía de tener unos pocos años mas que yo: al sentarme a su lado noté que olía a colonia femenina y parecía de trato amable. Después de charlar un corto rato y ha cabo de muy poco me propuso, sin rodeos pero sin forzarme, ir con el en su coche para apartarnos y hacer el amor. Personalmente recuerdo que no me encontraba cómodo allí sentado con el riesgo que alguien me reconociera y además con una gana enorme. Le dije: Que si salimos del parque, y nos fuimos a su coche aparcado no muy lejos. Arrancamos y en diez minutos llegamos a un sitio solitario “Muy seguro y sin problemas” según mi compañero ocasional.

Como ya dicho anteriormente no me acuerdo de sus facciones pero bastante bien de su cuerpo en cuanto no tardó mucho en desnudarse completamente. Era totalmente privo de vello y solo en el pubis llevaba una mata espesa: su complexión más bien delgada. Su polla era de tamaño un poco superior a la de mi amante habitual y sobretodo su capullo era muy grande: la acaricié y luego empecé a chupársela. Después de muy poco me hizo levantar y me dijo que deseaba follarme. Bajé un momento del coche para quitarme la camiseta y bajarme los pantalones: mientras mi amante ocasional, totalmente desnudo, colocó el asiento del pasajero todo atrás y luego lo abatí. Terminados estos preparativos volví a entrar en el coche y me coloqué en este asiento poniéndome de rodillas a noventa grados y con mi culo ardiente hacia el parabrisas delantero, las manos firmemente agarradas al margen superior del asiento. En un instante mi inculador se puso por detrás de mí y noté su gran capullo rozar mi culo. Lubricó su polla con saliva y luego con sus dedos me ensalivó muy bien mi agujerito. Llegó por fin el momento tan deseado: me pidió que abriera con mis manos las nalgas mientras que con una de las suyas colocaba la punta de su polla, con gran habilidad, exactamente en correspondencia de mi agujero. En un instante, con un único empujón y no poco a poco como estaba acostumbrado, me la metió toda hasta el ultimo centímetro provocando por mi parte un chillido agudo. Me preguntó entonces si me había hecho daño: al decirle yo que no (La verdad es que un poco de dolor lo había probado) empezó a incularme con movimientos lentos y profundos apurando toda la longitud de su miembro sea en entrada que en salida. Su enorme capullo me llevaba al paraíso sobretodo en los movimientos de salida cuando se producían inclusive unos ruiditos de succión increíbles.

Pasado un rato aceleró de mucho sus movimientos de pelvis inculandome a destaco sin contemplaciones de ninguna clase pero ahora si, abierto como estaba, sin hacerme daño: se notaba que estaba muy bien entrenado. Tuve la sensación, que disfrutaba tanto follándome, que no hubiera salido de mi culo ni si se lo hubiera pedido a gritos expresamente e yo tampoco estaba en posición para eventualmente sacármela (y tampoco querría). Los últimos minutos fueron de escándalo: el metiéndola hasta el ultimo centímetro, sus pelotas golpeando mis nalgas, sacándola totalmente e volviendo a entrar de nuevo por completo a un ritmo endiablado mientras que yo gemía como una chica joven que recibe uno de sus primeros rabos. Mi inculador se corrió al final dentro de mí después de más de 20 minutos follándome muy fuerte. Tengo el claro recuerdo de haber gemido mucho durante todo el tiempo que estuve inculandome. Salió de mí y me acercó unos pañuelos de papel para que me limpiara: el estaba empapado de sudor y yo también con además mis nalgas bien lubricadas por su semen y mi agujero pulsando todavía de placer.

El interior del coche olía a semen y a sudor y tuvimos que abrir las ventanillas un buen rato para ventilar. Había sido inculado por un desconocido y me habia gustado mucho pero ahora, mientras me estaba limpiando delante de el, tenia un poco de vergüenza. Lo peor fue la vuelta: había recibido lo que querría y me sentía apagado y muy incomodo con aquel desconocido al cual había entregado mi culo, con un mixto de vergüenza y miedo que pudiera revelar cuanto ocurrido a alguien que me conociera creando un enorme escándalo (vivía en aquella época en una pequeña ciudad de provincia). No me interesaba profundizar en conocernos, más bien todo lo contrario, y por tanto procuré intercambiar muy pocas palabras y hacer que, vista la hora, me acompañara en un sitio alejado de mi casa.

Ha sido así que mi traserito ha empezado a ser de disfrute publico: no lo lamento y estoy muy satisfecho por cuanto he podido gozar con tantas pollas y contento de haber hecho pasar ratos tan buenos a tanta gente procurándoles tantas corridas.

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El sabor del sexo

Escrito en Fetichismo por Relatos Eroticos el Miércoles 2 Agosto 2006 a las 6:44 pm

Después de varios años de pareja sentía que ya no excitaba de manera tan virulenta a Juan, mi marido. No reparé en el asunto porque pensaba que era normal que la vitalidad de un hombre fuese decayendo con el tiempo, por lo que cuando estaba muy excitada, le provocaba haciéndole una felación o insinuándome con falditas cortas. Pero no conseguía la erección enorme que años atrás me volvía loca.

La situación fue cambiando cuando comenzó a pedirme sexo anal y que hiciéramos un trío con otra mujer o muchas otras cosas a las que yo no estaba acostumbrada. Después de muchas negativas a sus intenciones, dejó de tener apetencia sexual, al menos conmigo. Esto ya me enfadaba, pero no decía nada. Empecé a masturbarme para apaciguar mis frecuentes excitaciones, hasta que un buen día, me llegó el rumor de que estaba siendo “corneada” con una compañera de trabajo, a la que mi marido comenzó a visitar con frecuencia. Me habían comentado que esta chica era muy caliente y que, al parecer, hacía todo tipo de cosas que le pedían. Había tenido relaciones sexuales con la mayoría de los compañeros de mi marido y con alguna compañera.

No quise entrar en discusiones y me decidí en recuperar a mi marido. Para ello empecé a idear planes. Lo primero que se me ocurrió fue hacer el famoso trío con ella. Desistí. Pensé en ganarlo yo solita y después ya lo haríamos en grupo.

Me reunía asiduamente con mi peluquera habitual con la que me unía una buena amistad, llegando a convertirnos en confidentes de nuestras relaciones y problemas. Ella me dijo que era recomendable que cambiara los hábitos en el sexo, ya que eso con el tiempo aburría a los hombres y hacía las relaciones demasiado monótonas. Yo le decía, creyendo que estaba diciendo que lo dejara hacerme el sexo anal, que no quería porque me daba miedo el dolor que podía sentir. Me dijo que me depilara totalmente mi vagina y que usara tangas con ropa muy ajustada para provocarlo. Esto me pareció buena idea y quise llevarla a la práctica.

En casa me dispuse a ducharme y en la bañera, con mi sexo enjabonado, me afeité la vagina. Puse un espejo en el suelo para ver el resultado. No quedé satisfecha porque por la zona baja quedaban vellos a los que no llegaba a ver afeitándome. Llamé a mi amiga y le comenté lo sucedido, ofreciéndose a ayudarme. Me dijo que pasara por su peluquería a la hora del cierre y que ella me terminaría de hacer el “trabajito”.

Puntualmente llegué sobre las 8 de la tarde. Cerró el establecimiento y quedamos dentro las dos. He de confesar que me daba un poco de vergüenza enseñarle el sexo tan mal afeitado, pero me animó diciendo que ella tenía uno igual y que no pasaba nada entre mujeres. Me desnudé de cintura hacia abajo y, sentada en el sillón que tenía en la zona de lavado de cabezas, abrí mis piernas, posibilitando que ella me enjabonara con facilidad. Sentía un poco de morbo de verme en esa postura, pero no le di importancia. Ella comenzó a rasurar mi sexo muy delicadamente. Comentaba que no entendía como mi marido no se sentía atraído por esa belleza y yo me ruborizaba. Me puso de pie, pidiéndome que me diera la vuelta y que inclinara mi cuerpo hacía adelante para poder llegar mejor a la zona baja de mi vagina y al culito, que también tenía algunos vellos.

Mientras me rasuraba, noté que pasaba disimuladamente su dedo por mis agujeros. Esto hacía estremecerme y, a duras penas, ahogaba mis gemidos. Cuando terminó, me secó y me dio un beso en el culito. Me dijo que ya estaba en condiciones de ser “devorada”. Estaba súper excitada, pero no quería creerlo. Nunca tuve sexo con otra mujer y también sabía que ella solo había estado con su marido, por lo que no pensé en nada más hasta que ella me dijo que tenía que comprobar si me lo había dejado bien fino y me tocó la vagina, notando mi humedad. Puso cara de asombro y me preguntó si estaba excitada por ella o porque estaba pensando en la follada con mi marido. Yo le dije que por ambas cosas, ya que sus manos habían tocado delicadamente mi sexo y nadie lo había tratado así, pero ya se me pasaba. Me disculpé y le dije que ya me marchaba, cogiendo mi ropa para vestirme. Ella me la retiró de las manos y se puso de rodillas delante de mí, comenzando a lamer mi rajita que estaba ya goteando jugos.

Debo reconocer que nadie me había hecho sentir tanto placer con su lengua. Tuve un descomunal orgasmo que ella agradeció pasando su lengua por los labios recogiendo todos mis jugos que caían por mis piernas. Se levantó, me besó y me dijo que no sabía que le había pasado, pero que sintió una atracción muy fuerte y que, por favor, la disculpara. Le dije que no había de qué disculparse porque yo lo había disfrutado. Me vestí y me marché a casa.

No podía dejar de pensar en lo acontecido. Constantemente tocaba mi chochito tan pelado. Lo abría y sacaba jugos que luego chupaba de mis dedos. Mientras esperaba a mi marido, se me ocurrió darle mejor sabor al sexo y se me ocurrió meter algo sabroso en él. En alguna ocasión había visto en películas porno como había mujeres que se metían bolas chinas en el chocho y la mantenían dentro cuando paseaban, pero yo quería algo con sabor. Me fui a la cocina, lavé dos fresas, las más grandes que encontré y me las metí lo más profundo que pude. Era muy placentero. Con un poco de mermelada de fresas, unté las paredes de mi vagina por su interior, no mucha cantidad para que no se saliera demasiado, me coloqué el tanga y seguí esperando muy excitada.

Cuando llegó Juan, le besé como normalmente lo hacía, se marchó a la ducha mientras yo preparaba algo de cena y, cuando volvió, reparó en que llevaba puesto un camisón transparente y el tanga. No llevaba sujetador y mis pezones estaban erguidos. Él me miró extrañado y acarició mis pechos. Cenamos tranquilamente y, al postre, le dije que tenía una sorpresa, me puse de pie y, subiendo el camisón y apartando el tanga le enseñé chocho depilado. Él dijo que era muy sugerente y que quería verlo de cerca. Por fin el plan estaba funcionando. Me dijo que nos fuésemos a la cama y me negué, diciendo que allí sería como siempre y que yo quería sentir nuevas sensaciones, así que lo haríamos allí mismo, en el salón, sobre la mesa. Ya la tenía erecta. Lo tendía sobre la mesa, una vez recogida la cena y le hice una mamada más alocada que nunca, besándole los testículos y levantando sus piernas para poder llegar a su culito, cosa que no había hecho nunca. Esto le produjo impresionantes espasmos y gemidos que a mí me aumentaban la excitación, si es que era posible.

Cuando metí un dedito en su culo y lamí, como un helado, su instrumento durísimo, no lo pudo soportar y llenó mi cara, mis pechos y mi boca de su añorado semen, en una cantidad que nunca ví. Su pene había bajado de manera considerable, pero seguía jadeando como un perro cansado. De manera insinuante, me subí a la mesa y le ofrecí mi fruta. Comenzó a lamer y lamer con fruición. Qué sabroso, mi amor, decía. Sigue y verás que bueno, cariño, este es tu postre. Cierra los ojos y cómetelo todo, por favor, le decía entre jadeos. Cuando más énfasis le ponía a la mamada de chocho, más intentaba yo expulsar las frutas, hasta que, con mis propias manos, abrí mis labios vaginales y le pedí que metiera la lengua todo lo más profundo que pudiera, hasta que tocó algo extraño en el interior. Sorprendido me preguntó qué era. Le dije que absorbiera y que se lo comiera para adivinarlo él mismo. Así lo hizo hasta comer las dos fresas. Quedó entusiasmado. Le pedí que me follara y pude notar como su polla estaba como jamás la había notado de dura y parecía que había aumentado unos centímetros. De esta forma estuvimos follando al menos dos horas, cambiando frecuentemente de posición y en una de estas, le pedí que me dilatara el culito con cuidado y que desvirgara su ansiado agujerito. Lo hizo con la mayor de las delicadezas y yo lo disfruté con locura.

Le dije que ya no necesitaría ninguna puta en la calle, ya que la tenía en casa para su total disposición. Él, extrañado por verse descubierto, dijo “ahora seré solo para ti, la única mujer con sexo de frutas”.

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Raras costumbres

Escrito en Autosatisfaccion por Relatos Eroticos el Martes 1 Agosto 2006 a las 7:38 pm

Parece que cuando se habla de sexo esto es solo patrimonio de los hombres y no es verdad. Las mujeres también tenemos muchas fantasías y en cuanto podemos las llevamos a la practica.

Por ejemplo, este verano estaba en la piscina con mi novio Raúl dándonos un buen chapuzón y sin que este se diera cuenta me que quede un ratito mas en el agua. Mientras el se secaba y tomaba el sol. Yo no tenia otra cosa que hacer que meter mi mano por debajo del bikini y masturbarme como siempre lo hago, frotándome el clítoris. Claro, la gente no se da cuenta porque estoy metida en el agua aunque mis movimientos son muy enérgicos. Si se dieran cuenta no sé lo que pasaría puesto que soy muy atractiva, de buen cuerpo. ¿Y que es lo que hago?. O ¿en quien pienso?. Pues me dedico a ver y a imaginarme cosas. Leí en una revista una vez que esto es patrimonio de los hombres.

Había un chico, fuera de la piscina leyendo, sentado; bueno mas que un chico era un hombre de treinta y tantos pero que me daba mucho morbo porque apenas tenia barriga. Y era bastante atractivo. Me imaginaba que me descubría, se tiraba de pronto al agua, llegaba hasta a mí y disimuladamente me metía un dedo en la vagina. Así hasta llegar al orgasmo que es lo que me termino sucediendo. Luego me imaginaba que quedábamos en la intimidad de su casa y me hacia el amor. El no paraba de eyacular.

Cuando me canse de este, me fije en el socorrista, el típico tío escultural con espaldas de nadador. Este, sumergía su cabeza en el agua y me lamía todo el bajo vientre, empezando por las piernas y luego en un rincón me sentaba follándome implacablemente. Raúl no se enteraba de nada.

Pero me canse pronto y me fije en un gordo, viejo y baboso que llevaba un tanga y me puse muy cachonda. Me imagine que se metía en el agua y yo llegaba le cogía su picha y le hacia una paja. Costaba que se le pusiera dura lo cual a mí me encantaba. Hasta que terminaba eyaculando. Pero es entonces cuando me sorprendía sentándome sobre él, besándome en la boca y follándome aunque la tuviese doblada. Y volvía a eyacular. Tuve un segundo orgasmo. Me pase. Jadee. No sé si alguien se dio cuenta.

Pero una mujer siempre es una mujer y me imagine que mi novio Raúl se metía en el agua y yo le hacia una soberbia mamada acuática. Luego me follaba a cuatro patas. El agua se quedaba impregnada de su esperma.

Yo seguía fantaseando y masturbándome cuando sucedió algo imprevisto. Vi a una chica que se metía en el agua y volvía a salir. Era una rubia. Me di cuenta de que Raúl se le quedo mirando. Me fije que tenia un culo más grande que el mío, mejores pechos, rostro más hermoso, mas alta, de hombros anchos, más corpulenta. Sentí que me excitaba. Soñé con que de pronto se lanzaba al agua y se abalanzaba sobre mí. Apretujándose. Bajándome mi bañador y el suyo. Estrujando sus tetas contra las mías. Besándome en la boca. Metiendo su lengua. Sintiendo su aliento sucio. Oliendo en cambio su delicioso perfume. Apretando su vagina contra la mía. Clítoris contra clítoris. Violándome sin serlo. Ella era mas fuerte que yo. Me decía al oído que yo era una pusilánime. Se formaba un remolino de agua a nuestro alrededor por el ímpetu de sus movimientos y de los míos.

La piscina entera se había dado cuenta. Y algunos tíos se la meneaban. Mi Raúl no. Cogía la toalla, la bolsa y se marchaba. Y aquello me gustaba. Se marchaba porque la mujer que me tenia atrapada era una bestia.

Así llegue al tercer orgasmo. Suspirando. Creo que una vieja se dio cuenta, je, je, je…

Cuando salí del agua, Raúl me dijo que llevaba una media hora metida. ¡Que pesados son los hombres!. Siempre están pendientes de ti. Sé que luego cuando estemos en el coche me va a pedir que lo hagamos pero la verdad es que yo ahora no tengo ni pizca de ganas. Le diré que estoy cansada y además es que es verdad.

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Los pies de un negro desconocido

Escrito en Fetichismo por Relatos Eroticos el Martes 1 Agosto 2006 a las 10:42 am

Mi obsesión por los pies me llevó a tal grado de lamerles los pies a un hombre en un cine porno, sin importar las consecuencias. Ese día estaba aburrido y no sabía para donde ir, así que me puse a lujuriar a los manes que pasaban por enfrente de mí y así, por lo menos fantasear con ellos en mi imaginación. Imaginando como estaría a esa hora del día sus pies. Me imaginaba sentirle el olor rico a pies, unos pies sudados, un olor a macho. Pero como deseaba en ese momento descargar un poco de pasión me dispuse a ir a un cine donde se presenta películas porno. Cuando entré había una tanda de locas caminando de un lado a otro con ganas de tener una verga en la boca.

Después de ver ese panorama me decepcioné, así que pensé que sería mejor haberme ido a mi casa. Pero para no perder lo que había pagado, me dispuse a que me quedaría un rato hasta que me cansara. Busque una banca y me senté en una parte bastante oscura. Observaba la película para que me entrara la arrecherra y así hacerme una paja en el nombre de algún man.

Mientras me pajeaba sentí que se sentó al lado una persona, así que guarde mi verga porque pensé que era una loca de esas que estaban sedientas de placer igual que yo. Luego, cuando miro con el rabo del ojo noto que era un negro, pero no era un negro cualquiera. Era un negro grande y fuerte, bien macho. Después de un rato noto que él se quita el sweter, por que hacía calor. En ese instante mi corazón comenzó a latir cada vez más. El no miraba hacia donde estaba sentado, su mirada estaba concentrada en la película, al menos pensé eso. Después de un rato siento que el se baja el ziper del pantalón y se saca poco a poco la pinga, era una pinga descomunal, era sumamente grandota. Noto como se masturbaba sin importarle que estuviera yo allí. No sabía como sentarme, por que eso me ponía a millón.

Para tantearlo le hice señas para ver si me podía sentar a su lado y sin dudarlo me movió la cabeza con afirmación. Así que me senté al alado de él. No me día cuanta cuando ya tenía en mis manos ese pesazo de verga. Él me hace señas de que se la mame y sin pensarlo mucho me lo metí delicadamente a la boca. Tenía un olor a sudor, un olor muy singular al de las mayorías de los hombres. Mis labios jugueteaban con ese pedazo de verga. Le mamé toda la verga, incluso le lamí las chacaras (testículos) el sabor de ese macho era espectacular. Luego guía mi cabeza con sus manos y me hace que le huelas los pelos de la verga, me susurra y me pregunta: ”¿Te gusta como huele?”, le respondí que si que era fenomenal.

Después de un rato de tener allí ocupado con su verga me dice: “bésame los pechos”, ni un instante dudé y obedecí. Como hacía calor podía sentir el sudor bajarle desde su cabeza y seguir por el abdomen. No solo le bese los pechos sino que mis labios recorrieron cada parte de su cuerpo marcado por cada unos de sus músculos, sintiendo ese sabor masculino. Estaba rico tan rico, que mi labios, como dirigido por un imán llegaron a las axilas de él. Era un olor indescriptible que me volvía loco. Lo único que hacía era cerrar los ojos del placer que le producía todo lo que yo le hacía.

Posteriormente, vuelvo a la verga de él. Sentí de pronto unos chorros leche en mi boca. Él pensó que iba a sacar la verga, así que me agarró la cabeza para que no sacara la verga de la boca. Estaría loco si desperdiciaba esa leche paterna. Fueron varios pulsaciones de leche hasta que pude retirar esa verga de mi boca. Fue sensacional lo que me acaba de ocurrir. Claro está para él también, porque me dijo que esa mamada esta deliciosa.

Después de eso él se recuesta en la banca y saca sus pies de sus botas de construcción. Le pregunto si le dolían los pies y me contestó que sí. Me dijo que estaba trabajando y fue allí para distraer su mente. Que acaba de salir de trabajar. Como yo quería saborear unos pies, no sabía como decirle que quería lamerlo. Así que le dije que si quería que le hiciera un masaje y me dijo que estaba bien. De manera que él subió unos de sus pies en mi muslo y le comencé a masajearlo con las medias puestas. El olor de las medias era tan masculinas que quería sentir el mismo olor de sus pies. Por lo que le quité las medias y poco a poco mis labios comenzaron a recorrer dedo por dedo de ese rico pies. Calzaba como un once de zapatos, porque estaban grande. Emanaban un olor que no puedo describir, ya que solo el que vive esa sensación lo puede decir. Sus pies eran ásperos como los de un verdadero macho.

Así que nuevamente comenzó la arrecherra. Lo único que hacia era cerrar los ojos del placer que le producía esa sensación que para el era algo novedoso. Bueno, al menos eso fue lo que me dijo, que nadie antes había hecho eso. Mi nariz se introducía entre sus dedos para sentir ese olor peculiar de un verdadero hombre. Mis labios pudieron recorrer cada parte de ese exquisito pie masculino. Fueron como una hora de masaje, besos y caricias en esos pies negros. Pies que pudieron complacer lo que estaba buscando con ese día tan caluroso. Mientras disfrutaba de esos pies, él se masturbaba con gran fuerza hasta que pudo venirse nuevamente. Solo me pidió que me quería echar la leche en la boca para que no se desperdiciara.

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