Lesbianas cachondas
Dos amigas re calientes un sabado a la noche. Se follaron como nunca e intercambiaron sus nuevos dildos.
Dos amigas re calientes un sabado a la noche. Se follaron como nunca e intercambiaron sus nuevos dildos.
Hola amigos, por medio de los links pertinentes podrán llegar a mí. Este relato es, en realidad, un anuncio. Quienes se sientan capaces de llenarme la pupila y llegarme al precio, después de haber leído mi historia, pueden intentarlo.
Me llamo Aurora y quiero contarles de qué manera dejé de ser virgen y me fugué de casa, para convertirme en la reina de la noche, en la puta que hará realidad tus sueños, en la cortesana de otras épocas que te hará gozar y sufrir… si te atreves.
Desde mi temprana adolescencia me obsesioné con el sexo, y aunque tuve tres novios, nunca pasé de besos y algún fajesillo. Con el último novio rompí el día anterior a mi cumpleaños 16 y desde entonces mi obsesión sexual no tenía más salida que las que yo pudiera darle. Si consideramos que de los 16 a los 18 son 730 días exactos, he de haberme provocado unos 3000 orgasmos únicamente acariciándome el cuerpo, fantaseando, leyendo novelas eróticas y, básicamente, pajeándome el clítoris.
Aprendí, pues, mil formas de tratar a mi clítoris (y varias de cómo no hacerlo), pero mi vagina seguía intacta: apenas había acariciado los labios por encimita, con las yemas de los dedos, con la punta de la uña, y nada ajeno a ella la había penetrado nunca, pues yo lo tenía claro: lo primero en ingresar debía ser un miembro viril. Total, que entre eso y mis lecturas, al cumplir los 18 estaba como el caballero D´Artagnan al salir de Tarbes, es decir, a falta de práctica tenía una profunda teoría, y unas ganas enormes de salir al mundo.
Me había propuesto hacerlo el fin de semana siguiente de mi fiesta de 18 y, siguiendo mis lecturas, yo tenía dos opciones: el sexo con amor o el sexo con sexo. Mis fantasías me inclinaban al segundo, mis fantasías y mi rebeldía, dicho sea de paso, porque yo quería ser lo contrario de lo que eran mis hermanas, de lo que querría mi madre: la muchacha típica de Serrat… y apenas la de las primeras estrofas.
Porque me crié en la típica familia bien del país, a base de club hípico y zumos de frutas, misa y comunión todos los domingos, escuela de monjas y fiestas de guardar. De los 13 a los 15 traté de rebelarme, pero sólo conseguía continuos castigos y algunos azotes de mi padre, que es de los que ya no se hacen, de la vieja escuela. Algún beso furtivo con un novio secreto, la lectura de “Las edades de Lulú”, “Lolita”, “En brazos de la mujer madura” y otros libros sumamente instructivos, Led Zeppelin y Pink Floyd, vodka y cigarrillos, eran mi razón de ser, de vivir.
Pero los castigos y los azotes eran cada vez más frecuentes. Mi padre me quitó mis discos y mis libros y mi madre no me sacaba el ojo de encima. Así llegaron las vacaciones de verano en vísperas de mi 16º cumpleaños castigada y sin libros, naturalmente, porque mi madre creía (y no se equivocaba) que eran los libros los que me metían “esas malas ideas” en la cabeza.
En esas vacaciones reflexioné, pues, y decidí esperar dos años, convertida en la típica mosquita muerta, y luego soltar amarras, dejar a los tiránicos y pacatos viejos con un palmo de narices… y en vergüenza frente a todas sus amistades, pues temían más al “que dirán” que al diablo, al que temían como buenos católicos ultramontanos.
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Adora Chadopyf de Strongbat, más conocida como Dorita Strongbat, transitaba por esa etapa de la vida en la que se es más de Lázaro Costa que de la familia. Apenas doblado el codo de los 50, y cuando el inexorable paso del tiempo, lento pero firme, la comenzó a apergaminar como la Madre Teresa de Calcuta (Q.E.P.D.), no hesitó en entablarle a Cronos una lucha sin cuartel. “¿Arrugas a mí? ¡De acá!”. Y gesticuló con ambas manos como el cómico Alberto Olmedo, también Q.E.P.D., cuando se señalaba la zona testicular. (más…)
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