Era verano y como siempre en esas fechas recibÃamos la visita de parte de nuestra familia del interior del paÃs, que venÃa a pasar las navidades en la capital. Ese año las visitas fueron varias, pero mi atención se centró en mi primo Pedro, un paisano de 24 años que jamás habÃa venido a la ciudad. A los pocos dÃas de llegado ya estábamos muy amigos, solÃamos tomar unas buenas cervezas a la noche, cuando yo llegaba de mi trabajo, por lo general en el jardÃn de mi casa o a veces en largas caminatas nocturnas que hacÃamos por la costanera.
Cada noche que pasaba las conversaciones se hacÃan más interesantes, ya me habÃa contado de sus historias con alguna pendeja de su pueblo (era muy fuerte escuchar los cuentos de sus cogidas en el monte o en el arroyo con lujo de detalles y hasta me habló de cómo se divertÃan con un amigo cogiéndose a una yegua cuando terminaban las tareas del campo. Mi calentura crecÃa exponencialmente a cada minuto y sólo pensaba de qué manera iba a arreglármelas para poder metérmelo a la cama.
Una noche lo invité a combinar la cerveza con un porro, una experiencia que él jamás habÃa vivido y que le daba un poco de miedo, pero que aceptó siempre y cuando yo no me apartara de él ni un segundo y lo contuviera todo el tiempo. Asà fue que nos fuimos caminando hasta un hermoso parque lleno de árboles y matorrales que habÃa por ahà y luego de encontrar un espacio acogedor y tranquilo nos tiramos en el pasto a mirar las estrellas, tomar unas cervezas y hacer un poco de humo. Yo fumaba con bastante frecuencia, por lo que los efectos no eran muy fuertes en mÃ. Me gustaba la sensación de flojera y tener la risa fácil, y más me gustaba disfrutar de mi cachondez al tenerlo tan entregadito y confiando en que lo iba a cuidar. Luego de unas pitadas quedamos prontos. Nos relajamos y nos acostamos boca arriba, a conversar y a mirar el cielo. La sensación era hermosa, él se sentÃa bien pese a los nervios, aunque en un momento la combinación con el alcohol le hizo marearse un poco y tuvo la necesidad de vomitar. De inmediato lo ayudé a incorporarse (lo que lo mareó más aún) y lo llevé a un lado para que hiciera lo suyo. Estaba realmente mareado y luego de vomitar la situación no mejoró. No podÃa desprenderse de mi cuello por que tenÃa la sensación de que no se podrÃa mantener en pie. Entonces fue cuando se empezó a poder buena la cosa. Me empezó a decir que se sofocaba, que de golpe estaba transpirando mucho y que se morÃa de calor. Sin más demoras lo ayudé a sacarse la camisa que traÃa, dejando al descubierto su hermoso y musculoso torso, bien bronceado del trabajo en el campo. Ya comencé a aprovechar a meterle las manos y palparlo bastante, era una oportunidad única. Todo esto transcurrÃa sin ninguna clase de nervios y entre carcajadas ya que el panorama era realmente gracioso, potenciado además por las hierbas fumadas.
Cuando se sintió mejor volvimos a tirarnos en el pasto, un poco más tranquilos. Como se seguÃa quejando del calor y que estaba sofocado le propuse que se sacara las bermudas y que quedara en slip, ya que a las tres de la mañana en ese lugar serÃa imposible que nadie nos molestara. Aceptó y trató de incorporarse para hacerlo, pero no pudo, los mareos volvieron y tuvo que volver a acostarse. Lógicamente me pidió que lo ayudara, lo cual me dispuse a hacer de inmediato, agradeciendo a los dioses por haber escuchado mis plegarias. Me arrodillé a su lado y suavemente le desprendà los botones y bajé el cierre. Era como estar en la antesala del cielo. Con una habilidad pocas veces vista en mÃ, cuando le tomé el short desde los costados para quitárselo agarré también su slip, o sea que cuando tiré hacia abajo me llevé ambas cosas, dejándolo totalmente en pelotas. Entre carcajadas comenzó a reclamar, pero la sensación de aire fresco en las pelotas hizo que le encantara estar asÃ, en la más plena inocencia. Yo no paraba de mirar aquél cuerpo hermoso y aquella pija enorme que colgaba dormida sobre los grandes huevos llenos de leche y carentes de amor. Estaba al mango, tenÃa la pija dura como un palo y se me hacÃa agua la boca. Aquella situación no daba para más, tenÃa que pasar algo sà o sÃ. Fue entonces que entre jugueteos empecé a salpicarlo con cerveza, como manera de refrescarlo más.
Las risas y el escándalo era mayúsculo, trataba de evitar que lo mojara pero realmente no podÃa casi coordinar los movimientos, lo que más risa nos causaba. Tanto asà que en un momento se entregó y definitivamente volqué directamente de la botella casi un litro del lÃquido sobre su cara, su pecho y tetillas, su abdomen musculoso, y sÃ, sobre su hermosa verga y huevos, lo que lo hizo gritar de placer al sentirse tan refrescado. En una mano tenÃa la botella y con la otra sobaba su cuerpo desparramando el lÃquido. Primero en el cuello y los hombros, en los brazos, en el pecho y el abdomen, todo a lo largo de sus hermosas piernas… y sÃ, finalmente volqué abundantemente la cerveza en sus huevos y pija y comencé a manosearlo descaradamente, sin el más mÃnimo pudor. Quedó en silencio pero definitivamente le gustó, de a ratos suspiraba un poco y se sonreÃa cuando yo jugueteaba un poco con su miembro. Claro que pasó poco rato para que lo que tenÃa en mis manos creciera de manera descomunal, transformándose en un hermoso falo, grueso y cabezón, palpitante, caliente. Era una hermosa pija y ya era mÃa. Lo comencé a pajear suavemente, acariciándole las bolas y tratando de hacerlo gozar lo más posible, ya que querÃa hacerle un gran regalo y mostrarle además todo el placer que le podÃa regalar.
Luego me acerqué y se la empecé a chupar, mmmm… qué rico sabor, el sudor mezclado con la cerveza hacÃan de aquella verga enorme un delicioso helado de hombre! Seguà chupándosela largo rato, jugaba con la lengua y sus huevos (eso parecÃa encantarle) y poco a poco bajé hasta rozarle el culo. Esto le encantó, levantó sus piernas para darme vÃa libre a su hermoso culo el cual chupé con muchas ganas, penetrándolo con la lengua hasta donde me dieron las fuerzas. Empezó a gemir como loco y a retorcer el cuerpo, lo que me hacÃa ponerme más a mil y darle con más ganas. Tanto le gustó que se incorporó y se sentó en cuclillas sobre mi cara, ofreciéndome más completamente aquél orificio goloso. Se lo chupé hasta el cansancio y se retorció de placer sobre mi lengua. Me dà cuenta que nunca le habÃan hecho eso y que habÃa descubierto un mundo de sensaciones.
Mientras se lo chupaba aproveché para meterle suavemente un dedo, muy despacito en medio de lengüetazas desaforados. Quedó quieto unos segundos para acostumbrarse a la sensación y de a poco se lo metà todo, hasta el fondo. Con muchÃsimo cuidado lo empecé a mover y và que se empezó a pajear y a moverse nuevamente. A los pocos minutos ya tenÃa dos dedos adentro y gemÃa de placer. Se pajeaba con ganas y cuando estaba a punto del orgasmo se soltaba la verga para empezar nuevamente unos segundos después. Salà de abajo de aquella cola hambrienta dispuesto a alimentarla con algo más que la lengua. Él quedó en cuatro patas, quizás pensando que seguirÃa chupándole el orto en esa posición, pero no fue asÃ. Rápidamente busqué un frasquito con lubricante que tenÃa en mi mochila y embarduné mi verga, que estaba durÃsima. Le pasé un poco en la cola y se la acerqué, al principio sólo lo frotaba y jugaba con la cabeza en la puerta de su culo hermoso. A Pedro le gustó la idea y empezó a jugar él también. Lo empecé a puntear suavemente y de a poco le fui metiendo la cabeza. Le dolió pero aguantó como un campeón y empujó para que se la siguiera metiendo y asà fue. En poco rato ya la tenÃa toda a dentro, hasta el fondo. Yo estaba como loco y sabÃa que no faltarÃa más que un par de movimientos para que se me saliera la leche, asà que trataba de quedarme un poco quieto para disfrutar más. Pedro estaba sufriendo bastante pero tenÃa su pija al máximo y se seguÃa pajeando como loco o sea que también gozaba mucho. Me pidió que se la sacara y yo le dije que estaba por acabar, que me dejara darle un poquito más, y eso hice… un, dos, tres bombazos más y le llené el orto de leche de una manera impresionante. Mi verga se hinchó dentro de su culo y pegó un alarido mezcla de placer y dolor a la vez que se pajeaba al máximo para acabar él también largando chorros de leche que caÃan en el pasto bastante lejos. Se la saqué suavemente y nos tiramos al pasto rendidos y sorprendidos: “me clavé a mi primo!!!” pensaba yo y “me rompieron el orto!!!” pensarÃa mi primo. Al final nos confesamos que ninguno de los dos habÃa pensado terminar de esa manera, aunque los dos sabÃamos que Ãbamos a terminar cogiendo en algún momento.
